Sergio Garcia
Sergio García aprendió su primer fútbol en la escuela del C.F. Damm y en alevines lo llamó el Barça. Volvió cedido al Damm, aún cadete, e hizo más de 50 goles en un solo año. Regresó al Barça y vivió un desenfreno juvenil: año a año, firmó 32 goles en 36 partidos; 30 goles en 22 partidos; 10 goles en 15 partidos; y ya en el Barcelona B, 22 goles en 34 partidos y 15 goles en 22 partidos. Era un goleador serial. Quizá sin referentes canónicos en las formas, pero tampoco Villa los tiene. Los arquetipos no lo explican todo. A esa edad, a Sergio ya lo distinguía su tendencia a un perfil cóncavo, engaño para los malintencionados que vigilan el peso de los futbolistas más que la propia estulticia. Hansi Muller era paticorto; Garrincha tenía las piernas chuecas; Puskas o Maradona fueron genios abombados. Favorecido por esa extrañeza de las formas, Sergio no corre, se embala en vertical, como los dibujos animados y los velocistas que buscan la meta. Es el efecto bola de cañón.
Debutó en la Champions con el Barcelona, en 2002 frente al Brujas. Y en la Liga en septiembre de 2003, con el Sevilla. Y eso fue apenas todo. En una cualquiera de las mañanas repetidas en las que veía entrenarse a su hijo, Sergio García padre se dio cuenta de que la letra pequeña de aquel sueño obligaba al exilio. Puede ocurrir que, si uno mira las mañanas repetidas así, de soslayo, llegue a entrever la tramoya de la vida. El fútbol consiste en ver lo que no se ve: por ejemplo, que los cinco goles de Kanouté en el Tottenham ocultaban la promesa de 20 o más en España. Tras la maraña de goles adolescentes, su padre intuyó el destierro. Son justo los chicos que crecen en los equipos grandes los que más complicado tienen jugar en los equipos grandes. Una paradoja terrible, un desorden. Lo primero que codiciamos es lo más cercano, le explicó Hannibal Lecter a la agente Starling. Lecter jamás jugó al fútbol.
El chico lo tomó con resignación. Fue al Levante y luego lo compraría el Zaragoza para relevar a Villa. Una comparación peligrosa, pero Sergio García ya ha rebasado con fútbol aquella primera notoriedad de los peinados, el pelo de pincho eléctrico, los teñidos y las cabezas rapadas. Los arreglos capilares anticipaban por error a un futbolista disperso, más atento a lo accesorio que al juego, extravagante o alocado. Por asociación colectiva y por procedencia, a ratos la Prensa le dice el neng, pero Sergio García está lejos de espantar a las abuelas soltando gas con motos trucadas, o derrapando un coche tuneado en la explanada de las discotecas. Sergio es cualquier cosa excepto un muchacho estridente. Reservado, ajeno, tranquilo hasta la anestesia anímica. Una máscara que no transpira tensiones y que reduce las preguntas difíciles a respuestas fáciles, como un artificiero. Aunque su frustración del año pasado -cuando llegó Diego Milito, cuando Víctor lo ponía poco- resultaba obvia a simple vista, jamás permitió un atisbo de ello en la escenografía diaria. Era el suplente pluscuamperfecto.
Por descontado, esa virtud ética no impidió la insatisfacción. Lo distintivo ha sido el modo de gestionarla. A menudo los futbolistas equivocan la juventud con la vida, pero en la vida la pelota nunca viene por donde la esperas. Lo escribió Albert Camus. Sergio pudo confundir sus más de cien goles con un derecho inalienable a ser titular y goleador en Primera. No lo hizo. A cambio, ha buscado hasta encontrarle el sentido a su fútbol en las entretelas del juego, donde nadie lo aguardaba: este año todo el mundo está de acuerdo en su explosión, pero en realidad no ha sido sino lo contrario: ha sido una implosión. Sergio lleva un solo tanto, pero a cambio es el mejor pasador de gol de la Liga. ¿Naturaleza contravenida? Quién sabe. La mayoría nos parecemos poco al hombre que preveíamos. "Antes hacía tantos goles que no se veían mis pases, ahora me ocurre justo lo contrario", explica. Una jaula salió en busca de un pájaro. Un goleador se puso a repartir juego.
SERGIO GARCIA de la Fuente es la referencia goleadora del FC Barcelona juvenil. Nacido el 9 de junio de 1983 en Barcelona, tiene una media cercana al gol por partido esta temporada en un conjunto barcelonista que ha superado la barrera de los cien goles, además de proclamarse campeón de Liga.
El "rey del hat-trick" (como popularmente le ha bautizado el colaborador de Carrusel Catalunya Eduardo Berzosa) ha vestido dos camisetas a lo largo de su carrera deportiva: La del CF Damm y la del FC Barcelona. Es habitual de la selección catalana sub'17 -logró un "hat trick" contra Asturias y un "póker" (4 goles en un partido) contra Murcia- y una de las grandes esperanzas en ataque del fútbol catalán. También ha sido internacional con España sub'15 (4 veces), sub'16 (6 veces) y sub'17 (6 veces, campeón de la Meridian Cup). Y hablando de "hat-tricks", esta temporada ha rubricado tres en la División de Honor: En la jornada 17, contra su ex equipo, la Damm, en la jornada 20 en Ciutat Jardí contra la UE Lleida y en la última de Liga, en Na Capellera contra el Manacor. Curiosamente, los tres encuentros los disputó como visitante.
Por otro lado, Sergio García ha superado la cifra de goles que lograra la temporada 99-00, jugando con el Barcelona B en la Liga Nacional Juvenil. Entonces logró 27 dianas (3 de penalty). Y firmó los mismos "hat tricks" que en la actual: Contra la Escola de Futbol Sant Feliu en la jornada 10, contra el Olot en la 24 y contra el Mercantil en la 31. A diferencia de esta temporada, todos sus "triples" fueron en los anexos al Mini Estadi.
Y de casta le viene al galgo. Sergio es hijo del ex delantero de la cantera del Barça, Sant Andreu, Badalona y Esport Badaloní del mismo nombre, Sergio García. A buen seguro que le ha transmitido muchos de sus secretos para destacar ante la portería rival...
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